2 Febrero 2021

Para José Herrero

La conflictividad, insignia en la adolescencia

Una insignia es una marca identitaria y distintiva de pertenencia a un grupo. Y sabemos lo importante que para los adolescentes puede ser identificarse con un grupo o un ídolo. Sara Socas es una rapera que triunfa por su improvisación mordaz en las peleas de gallos (freestyle rap), contado que cuenta con 915.000 seguidores en Instagram, no dudo que su estilo, modo de vestir o forma de expresarse, pueda ser tomada como referencia por otros jóvenes y adolescentes, o por otros adultos, yo mismo soy admirador de su creatividad.

Una característica entre tantas de la adolescencia, y que considero que serían una insignia, es la conflictividad. Incluso el mágico y azul mundo de Disney o Pixar nos muestra el lado indomable y conflictivo de la adolescencia, con personajes como Vaiana, Mérida o Mulan.
Mostraremos primero la importancia del mapa estructural y funcionalidad del sistema familiar. Debemos de dejar claro que la estructura no define la función, y más allá del modelo clásico, podemos encontrar otros modelos familiares válidos, monoparentales, homoparentales, ensamblados, etc. Algunas de las funciones del sistema familiar es 1) cuidar y proteger a los miembros dependientes 2) transmisión de los valores y la cultura 3) crear un sentimiento de pertenencia y 4) ofrecer un marco seguro y permitir la conquista de la propia autonomía y diferenciación de la persona. El ‘nido familiar’ de per se no asegura comprensión, protección y cuidado, se requiere de ciertas competencias y habilidades del mundo adulto para atender y cuidar de la infancia y acompañar en la adolescencia.

El conflicto es la manifestación del desacuerdo y la oposición. Decimos que nos encontramos ante un ‘cruce de caminos’ en el encuentro de las necesidades, deseos, oportunidades y propuestas. Es flagrante la conflictividad entre los adolescentes y su familia. Los adultos solemos señalar y adjetivar con rotundidad a los adolescentes, “eres un…vago, perezoso, rebelde, contestón, chulo, irresponsable, inconfiable”. Sin darnos cuenta de que asignamos identidad a lo que es un comportamiento. Y debemos de contextualizar que el comportamiento adolescente está en parte subyugado a ajustes vitales, sistémicos, hormonales, identitarios y neurológicos. Con esto no quiero decir que no se requiera control, límites y asunción de responsabilidades antes las acciones del comportamiento. Partimos de un modelo comprensivo, capaz de mirar de forma empática y con validación al adolescente, a la vez que se establece una relación referencial, jerárquica, amorosa y calmada, capaz de poner límites. Es idóneo establecer espacios de comunicación en ambas direcciones que promuevan la reflexión y el pensamiento crítico.

La familia es grupo de pertenencia que aporta identidad y que se construye a través del vínculo y la convivencia. Es inevitable el conflicto en los grupos de convivencia. Cabe destacar que existe una riqueza en el intercambio mismo de la conflictividad y en la diversidad de opiniones. El/la adolescente puede coexistir con varios frentes de conflictividad, en el grupo escuela, con los colegas y la autoconflictividad, cuando el/la adolescente no se siente bien consigo misma y percibe que el ‘traje’ la aflige y rechaza el talle de su físico, el color de su piel o el corte de su altura. Se requiere de un/unos adultos que contenga, que acepten que su presencia referencial y cercana puede exasperar y provocar rechazo al adolescente, ¡que no lo tomen como algo personal!. Como dice Jaume Funes, el adolescente es un funambulista que camina sobre la cuerda floja, y los padres y madres desde abajo lo miran con cierto miedo y preocupación, normal!… Pero a su vez confían y le ponen protección, miran de ponerle una red.

El/la adolescente empieza a percibir la fuerza de su criterio y la convicción de su opinión, y ve que no siempre o pocas veces coincide con la de sus padres o madres. Se reafirman, cuestionan, se quejan y tensionan a través del conflicto a su entorno. En cada discusión y enfrentamiento agrieta la crisálida para transitar y construir progresivamente su identidad, y así es como aprenden de cada experiencia vital importante, el primer enamoramiento, el primer beso, la constatación de la fuerza de la amistad, el placer de aprender, etc.

El contexto es de gran influencia y una circunstancia adversa, exprime mayores necesidades por parte de la persona. El hermetismo del adolescente no deja entrever sus necesidades reales a sus referentes, en ocasiones vemos ¡la máscara! será a través de la expresión de su comportamiento y el estallido de la conflictividad que observaremos y accederemos a sus necesidades, si somos perspicaces. Se requiere de unos referentes habilidosos, capaces de empatizar y también de mentalizar, es la capacidad de penetrar en la mente del otro, ¡o al menos intentarlo!. Hay que ‘sensarlo’ ¡entender qué siente y que piensa! Es necesario que los referentes tengan una mirada apreciativa, que validen las necesidades y los estados emocionales, que sean sagaces en la observación y se muestren comprensivos. Los hijos e hijas deben ser vistos por sus referentes y al revés también, y especialmente en esta época.

Es de suma importancia cuidar la comunicación, evitar en la medida de lo posible retirar la palabra, etiquetar, chantajear o juzgar. Ayudará un tono conversacional calmado y congruente que pretenda promover la reflexión. Sin poner muchas pretensiones a que aquello que hagamos funcione, bajaremos nuestra propia autoexigencia como referentes. Priorizaremos en ganar en conexión y confianza, que en conseguir que hagan lo esperado por nosotros. Como dice Jaume Funes los padres y madres no somos para los/las adolescentes referentes del saber, antes buscaran información en otros lugares, deberíamos ser referentes en mostrarnos accesibles para ofrecer seguridad, mirada, protección y confiabilidad. Gran parte del resto lo irán descubriendo a través de sus experiencias.

Un modelo de crianza en la primera infancia afectivo, responsivo, protector y respetuoso facilita un vínculo seguro, pero esto no inmuniza a que la persona se pueda sentir insegura en su etapa adolescente. La inseguridad pone en tela de juicio la propia identidad y la establecida por el grupo de convivencia familiar. La tensión y la conflictividad estará garantizada, el punto de anclaje será el sentimiento de pertinencia incondicional a los grupos de convivencia y la fuerza de los lazos y vínculos generados. Una vez se rompe la crisálida aparece una persona que gana en madurez e identidad. La resiliencia es la capacidad de hacer frente a la adversidad y de crear un nuevo desarrollo. La conflictividad puede ser un estadio previo a crear un nuevo desarrollo. Ante las dificultades un/una adolescente puede encontrar vías de expresión o canalización de sus emociones, a través del deporte, la música o la escritura.

Anna tenía 14 años cuando le regalaron su primera guitarra, no era esperado. De ella nació utilizar la escritura y la música para expresar su mundo interior. La música le acompañó en la adolescencia, en la separación de sus padres, en su juventud y forma aún hoy parte de su identidad. No la utilizó para exhibirse o para ganar likes, el efecto se producía en el interior, y repercutía en positivo en su exterior. Hoy esas canciones son huellas que le recuerdan por donde ha caminado, y forman parte de su identidad. En su caso, el entorno le puso de forma fortuita una guitarra y le ayudó a entender su ‘máscara’. No intentéis solucionar los conflictos a vuestros adolescentes, y prestar atención qué podéis poner a su alcance para que lo utilicen en su camino, y en el desarrollo de su identidad y diferenciación.

https://www.youtube.com/watch?v=nT7frCvqnrE

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