8 Enero 2014

Para

El nacimiento de Frida

Desde la primera noche que empecé a tener contracciones hasta el día del nacimiento de Frida pasaron, exactamente, ocho semanas. Es decir, una eternidad.

Del reposo a la normalidad

Cuando estaba de 34 semanas y media, una noche, empecé a tener contracciones. Durante todo el tercer trimestre ya había tenido bastantes, pero esta vez era diferente porque a pesar de estar en reposo, estirada en la cama, las contracciones no paraban e iban cogiendo ritmo.

Así, me planté por la mañana, Borja tuvo que ir a trabajar y yo me quedé en casa, proponiéndome hacer todo el reposo que pudiera para evitar la dinámica. Aún así las obligaciones de madre me hacían salir a mediodía para ir a buscar a Max al Tatanet, lo cual hizo que las contracciones se volvieran a activar. Por la mañana había escrito un correo a la Blanca, la comadrona de COS que nos acompañaría durante el parto a casa, para explicarle la situación y justo al mediodía me llamó para hablar: Era necesario que hiciera reposo ABSOLUTO. Por lo tanto: nada de ir a buscar Max al Tatanet, nada de moverme por casa, nada de nada de nada: a la cama y a dejarme cuidar.

Total, que en la semana 34 y media, mi actividad diaria se vio parada en seco. Dejé de ir a yoga, dejé de ir a nadar, de salir a andar, de hacerme cargo de la casa, de cocinar y, evidentemente, dejé de hacerme cargo de Max, lo que más me costó. Podía renunciar a todo, ¡pero no podía renunciar a mi hijo! Finalmente, y con la ayuda de Borja, encontramos el equilibrio para que yo pudiera dedicar tiempo a Max sin que esto comportara ningún tipo de esfuerzo ni de desgaste.

Durante los primeros días de reposo las contracciones aparecieron alguna noche, y de hecho pareció que justo cumplir 35 semanas me ponía de parto. Aún así, las contracciones, que cogían ritmo durante la noche, siempre se paraban al llegar la mañana. Una de aquellas noches perdí el tapón mucoso, pero la cosa no fue más allá.Y así fue como me planté a la semana 37! Parecía imposible pero lo había conseguido. Frida, si nacía a partir de entonces, ya no sería considerada una niña prematura. Además, el reposo le había permitido coger peso más rápidamente y esto facilitaría el parto y, sobre todo, ponernos de parto. Ahora, ya podía estar tranquila: podía parir y todo ello ya no daría tantos problemas.

Aún así, los días iban pasando y yo no paría. Cada día era un regalo, pero yo no podía abandonar el estado de alerta que se había activado la primera noche de las contracciones. Fui recuperando la normalidad: volví a nadar, a acompañar Max al Tatanet e incluso a subirlo a cuestas los dos pisos de escaleras hasta llegar, salir a comprar, a pasear, etc.

Y de las contracciones, nada de nada. Pero el estado de alerta se mantenía, y me era imposible abandonarlo por completo: a pesar de que había vuelto a la normalidad, cada noche, antes de ir a dormir pensaba, “Quizás será hoy”.

Y fue así como llegué al día 4 de abril, es decir, a la semana 40. Había superado dos fechas fundamentales: la celebración de mis 30 años y la celebración de los 2 años de Max, el día 2 de abril. Ahora si, ¡Frida podía nacer! Pero, contra todo pronóstico, Frida no nacía… y todavía tendrían que pasar un cuantos días y yo tendría que hacer frente a algunos conflictos internos para poder verla nacer…

 

La preparación

El jueves día 11 de abril, es decir, cuando cumplía las 41 semanas, me desperté con contracciones. El día anterior había ido a hacer una sesión de acupuntura con Sara para que me ayudara a relajarme y a liberar las tensiones que iba acumulando día tras día al ver que no había manera de parir.

Las contracciones eran muy suaves, pero estaban y lo que era más importante, ¡habían aparecido a las 6 de la mañana y no habían desaparecido! A mediodía la Blanca me escribió para preguntarme como tenía los ánimos y le contesté que estaba más animada que los días anteriores; hoy, a diferencia de los otros días, sentía que el parto estaba cerca y tenía la certeza que Frida llegaría, a pesar de que todavía no sabía cuándo. Además, habían reaparecido las contracciones. “Contracciones?”, me preguntó “desde cuándo”. Cuando le expliqué que estaba con contracciones desde las 6 de la mañana y que no se habían parado me dijo que probablemente estaba de parto. A mí no me parecía nada que estuviera de parto… Aún así, la Blanca me explicó que ente los segundos embarazos a veces pasa que los contracciones son más arrítmicas, que no son tan dolorosas y que cuando te das cuenta ya estás súper dilatada. Me dijo que me lo creyera, que posiblemente estaba de parto. A pesar de que yo continuaba teniendo la sensación que no lo estaba me empecé a poner nerviosa y a emocionar: ¡quizás sí que ya había llegado el momento!

A lo largo de la tarde las contracciones se fueron manteniendo. Después de hablar con la Blanca por teléfono y de hablar tranquilamente con Borja decidimos llamar a mis padres para que vinieran a buscar a Max: si me ponía de parto, mejor que él estuviera en casa de los abuelos, así yo estaría más tranquila. Desde el momento que tomé la decisión, las contracciones cogieron más ritmo y contundencia, ahora eran cada 5 minutos.

A las 9 de la noche llegó mi padre para llevarse a Max. Yo, poco después me hacía una bañera para ver qué pasaba con las contracciones y para liberar toda la zona lumbar. A pesar de que en el agua pararon, cuando salí se reactivaron y, además, empecé a sentir mucha presión a la zona de la pelvis. La Blanca me sugirió que quizás era el momento que viniera. De acuerdo.

Hacia las 11 de la noche llegó Lídia, la comadrona de prácticas que acompañaría la Blanca en el momento del parto. Yo estaba en el comedor, escuchando música e intentando descansar después de toda la intensidad del día. Me gustaba ir pasando sola las contracciones. La llegada de Lídia, pues, me desconcertó bastante, puesto que yo no veía que el parto se tuviera que desencadenar en breve y pensaba que sólo vendría la Blanca para hacerse una idea de qué era mi estado.

Total, que al cabo de un rato llegó la Blanca y después de hablar un rato le pedí que me hiciera un tacto. Mi sensación se confirmó: todavía no había borrado cuello. Total: todavía no estaba de parto. Cerramos la barraca, todo el mundo a su casa, todo el mundo a dormir..

Me fui a dormir y me quedé frita al instante. Las contracciones fueron apareciendo hasta las 5 de la mañana, cuando se pararon por completo. Casi 24 horas seguidas de contracciones y todavía no había borrado cuello! Y los ánimos por los suelos. Me sabía mal haber hecho irse a Max a casa de mis padres cuando todavía no era necesario. Me sabía mal no haber escuchado bastante mi propio cuerpo, que me decía que todavía no estaba de parto y haberme dejado llevar por la emoción. Me sabía mal todo. ¡Y estaba enfadada! Enfadada conmigo y con mi cuerpo que no se ponía de parto, enfadada con la Blanca, enfadada con el mundo.

El viernes por la mañana, después de hablar un rato por teléfono con la Blanca y decirle como me sentía llamé a Maria de COS para explicarle también como estaba y para pedirle consejo. Desde el embarazo de Max Maria es para mí una gran referencia y me gusta comentar con ella muchas de las cuestiones que se me plantean con la crianza de Max y ahora, con el embarazo de la Frida:

             – Haz lo que te pida el cuerpo, Mireia. Déjate estar de andar y de cansarte. Si el que te apetece es descansar, descansa. Y ten relaciones sexuales, esto ayudará a ir abriendo cuello.

Sexo?!!! Pero si ahora mismo es lo que menos me apetece!!!

– Sexo, Mireia, montároslo cómo queráis, pero irá muy bien. Y tener un orgasmo todavía te irá mejor.

“Sí, ¡claro! No sólo tengo que hacer sexo sino que además, ¡tengo que tener un orgasmo!”, pensé. No sé si fueron las dos sesiones de sexo que aquel fin de semana tuvimos (con orgasmo incluido, ¡aunque parezca mentira!), o el aceite de onagra que la Gloria me había recomendado, o la clase de yoga con mantras a la que asistí sábado por la mañana, o las flores de Bach que Anna del centro de yoga me regaló, o los ratos de familia que los tres pasamos, o la llorera que tuve hablando con mi madre por teléfono, o alguna otra llorera con Borja, o las piscinas que nadé domingo por la mañana, o la ida a pie en la Barceloneta y el rato de relax en la playa de domingo por la tarde, o…. No sé qué fue de todo, pero el caso es que domingo por la noche me puse de parto. Pero para ponerme, el sábado, había tenido que parir todos los miedos que durante este tiempo había ido gestando.

 

Los miedos de madre

Y es que estos dos meses de reposo dieron para mucho: la parada en seco de toda mi actividad representó la activación de mi actividad mental, la conexión total y absoluta con mi estado de embarazada y con la vida que llevaba dentro de mi y la aparición de toda una serie de miedos, de dudas, de emociones, de sensaciones y de angustias que durante el embarazo de Max no hubiera podido ni imaginar. No sé si esto se debía de a que tenía demasiado tiempo libre para pensar y para comerme la olla o si el hecho, justamente, de parar toda la actividad me hizo conectar con este estado, pero la cuestión es que durante este tiempo fue aflorando en mí y que hasta que no lo pude localizar y verbalizar, 24 horas antes del parto, Frida no nació.

Pienso que estos miedos y estas dudas nacían de mi condición de madre. Es verdad que durante el embarazo habían habido un par de asuntos que me habían provocado bastante angustia, uno de ellos la localización, durante la ecografía del segundo trimestre, de una “cavidad intra vesicular”, según el lenguaje médico, en el corazón de Frida (un buf en el corazón, según el lenguaje del resto de mortales). El buf, en principio, no tenía que traer ningún problema y lo único que necesitaba era cierto seguimiento para ver la evolución. Con todo y con el susto que nos llevamos en el primer momento, después nos instalamos en la certeza que el buf no tenía que comportar ningún problema y que no influenciaba nada en el parto. Había otro factor que contribuía a la aparición de miedos: a diferencia del embarazo de Max, durante el embarazo de Frida no asistimos al grupo de preparación al embarazo, un grupo que siempre sirve para compartir dudas y miedos y para fortalecer la seguridad, ¡además de crearse unos vínculos muy bonitos y unas relaciones fantásticas!

Digo, pues, que todos estos miedos que iban apareciendo en mí, provenían de un sentimiento más profundo… provenían de la misma condición de ser madre, ya, de otra criatura. Como madre de Max sabía ya hasta qué punto se puede llegar a querer a un hijo, sabía qué quiere decir el amor incondicional que se le declara en el momento de nacer, un amor que es directamente proporcional al sufrimiento que provoca el simple hecho de plantearte la ausencia. Y desde esta posición de madre de un hijo se instaló en mí un miedo absoluto a la posible pérdida de la segunda hija: era el miedo a la muerte, un miedo totalmente desconocido por mí hasta entonces.

La noche antes de parir a Frida me desperté muy angustiada. Los pensamientos no me dejaban continuar durmiendo, estaba súper rayada porque ya pasaba de las 41 semanas y no había manera de ponerme de parto… Decidí despertar a Borja y hablar con él, no podía soportar que los pensamientos se me comieran. “Borja, quizás no nace porque si nace se morirá. Es por eso que no la dejo salir”. Ya está, ¡ya lo había dicho! Y entonces, hablando, desenvolvimos el ovillo, deshicimos el lío, pude poner nombre a todos los miedos y, a medida que las iba denominando y las iba racionalizando, iban desapareciendo.

En los últimos días había podido ir localizando todos los miedos, que iban desde el plano consciente hasta el más inconsciente. Desde el miedo a que la llegada de Frida pudiera comportar la desatención de Max (y esto comportaba la imposibilidad de imaginarme a mí misma con Frida a los brazos), pasando por el miedo a que su nacimiento acabara con cesárea porque sería demasiado grande, pasando por la posibilidad que el parto acabara en el hospital y que esto me comportara un sentimiento de frustración inaguantable, hasta llegar al último miedo, el más escondido, el más primitivo, el más bestia, el más básico, el más irracional: el miedo a la muerte.

Todos los miedos se podían desmontar mediante el ejercicio racional; Borja me decía “Recuerda el que siempre nos decía la Maria, todas las mujeres estáis preparadas para parir, tu cuerpo no hará una niña que tú no puedas parir” o bien “que pases de la semana 40 no tiene que querer decir que tengas que acabar en el hospital”. El miedo a la muerte, pero, para ser tant profundo e irracional no se podía a afrontar de forma racional, por lo tanto sólo había una manera de combatirlo: “Cada vez que te pase por la cabeza, contrapón imágenes bonitas”. Y la imagen más bonita que me ayudó a diluir este miedo fue el siguiente cuadro: Borja y yo, sentados a la terraza de casa, un día soleado, rodeados de todas las plantas que empiezan a florecer, yo dando de mamar a Frida y disfrutando de ver a Max correr con la bicicleta.

“Y ahora cuando te levantes”, me dijo, “te bañarás, y cuando saques el tapón de la bañera todos estos miedos marcharán por el desagüe”.

El parto

El lunes día 15 de abril, a las 6.29 h de la mañana nació Frida. Fue un parto rápido, en un ambiente muy tranquilo y con mucho amor. Estaba en compañía de Borja y de las comadronas, Blanca y Lídia. Desde el jueves por la noche las contracciones no habían parado y durante todo el fin de semana fui teniéndolas. El domingo por la mañana nos levantamos y fuimos al parque y después fuimos a la piscina, donde yo todavía aproveché para nadar durante un rato. A pesar de que iba teniendo contracciones nada indicaba que hubiera ningún cambio. Después de hacer una buena siesta dejé a Borja y a Max y salí a pasear; no tenía intención de ir demasiado lejos, pero al final me animé y llegué hasta la Barceloneta. Durante el paseo intenté abandonar el mundo exterior y centrarme en mí, repitiéndome como un mantra que quería parir, que dejaba nacer Frida. Ya en la playa, me senté al lado del mar y, cansadísima, me abandoné al no-pensamiento.

En el autobús, volviendo hacia casa me di cuenta que tenía bastantes contracciones. Llegando a casa di la cena a Max y Borja lo llevó a dormir. Cuando volvió le pedí que anotara cada cuando tenía contracciones. Mientras tanto puse, como casi cada noche, una película. Esta vez puse Bagdad Café; ya la había visto en otras ocasiones y tenía garantizado que era una película de buen rollo y que no contendía nada que pudiera herir mi sensibilidad de embarazada a punto de parir. Hacia las 12 de la noche decidí que me iba a dormir: si estaba de parto, ya me despertaría, pero necesitaba descansar. Y si no lo estaba… pues un día más, pero también necesitaba descansar. Las contracciones eran, más o menos, cada 5 minutos.

A las 3 menos cuarto me desperté. Las contracciones no habían parado y si la cosa continuaba así ¡querría decir que estaba de parto! Fui al piso de bajo, al comedor, y me puse música, encendí las velas, y la lámpara de sal y empecé a pasear. Me balanceaba con las contracciones, las iba bailando… Continuaban siendo cada 5 minutos.

Hacia las tres y media me di cuenta que había perdido un poco de sangre y escribí a Blanca para decirle “Esto es bueno, te estás abriendo. ¿Quieres que venga ya?”. “No, todavía no; necesito estar suela y continuar pasándolo así”. Pero a las 4 estaba segura que estaba de parto y que esto ya no pararía. Levanté a Borja para pedirle que me hiciera un tacto: efectivamente había borrado cuello y según sus cálculos debía de estar de 4 o 5 centímetros. “Blanca, ya puedes venir. Ahora sí, estoy de parto”. Y, mientras tanto me metí en la bañera, necesitaba liberar la zona lumbar.

A partir de aquí ya no recuerdo muy claramente como fueron las cosas. Yo estaba bastante metida en mí misma. Cantaba largas “aaa” con las contracciones, que cada vez eran más frecuentes.

A las 5 de la madrugada llamé a mi padre para que viniera a buscar a Max “Ya puedes venir. Estoy de parto”. A las 6 menos cuarto llegaba Blanca y poco después Lídia. Blanca, con mucho respeto vino al comedor para escuchar a Frida; yo continuaba allá, con la música, las luces apagadas y bailando y cantando con las contracciones; no podía hablar mucho, quería continuar estando en este estado. Si todo continuaba así… Pero entonces Borja bajó a Max, que ya estaba a punto para irse y, de repente, conecté con la realidad. Salí del comedor y pasé un rato con él, mientras esperábamos la llegada del abuelo. A cada contracción me cogía al cochecito, o me iba lavabo porque necesitaba pasarla sola. A las 6 y 10 llegaba mi padre: algunas palabras, un abrazo muy fuerte y se fueron…

Justo cerrar la puerta después de despedirme de Max volví hacia el comedor. Ahora sí, las contracciones eran bastante potentes. Tenía mucho calor y me saqué la única camiseta que llevaba puesta. Y, de golpe, “Estoy apretando”. Necesitaba tener a Borja, y lo llamé. Otra contracción, mezclada con ganas de ir al lavabo, pero el dolor no me dejaba mover. “Frida ya viene, estoy apretando”.

Estaba de rodillas, cogida a los brazos de Borja. Tenía unas ganas locas de decirle como le quiero, de agradecerle que me apoyara… y no sé si se lo dije, o si sólo lo pensé. Rompí aguas y todo se desencadenó. Me solté de Borja y con una de las manos me toqué pero ya no era a mí a quien tocaba, sino la cabeza de Frideta!

Me volví a coger a él y entonces me acoplé al ritmo de cada pujo: sabía perfectamente donde estaba Frida en cada momento, podía sentir y reconocer por donde pasaba a cada instante. Seguía el ritmo de las contracciones, empujando cuando tocaba empujar, relajando cuando tocaba relajar. A diferencia del parto de Max, donde este momento se me escapó por completo y era imposible controlarlo, ahora mi cuerpo sabía perfectamente qué tenía que hacer en todo momento, de hecho, toda yo era cuerpo, era una con las contracciones, aunque lo quisiera no podía actuar en la dirección contraria del que el ritmo me marcaba. Y así sentí como se abría el periné y como Frida empezaba a coronar. Todo estaba en máxima dilatación y tensión pero no había dolor. La Blanca me preguntó si quería tocar a Frida, pero no, ya no necesitaba hacerlo, lo estaba sintiendo perfectamente y esto era mucho mejor que tocarla.

Estaba en un estado de máxima concentración, toda la atención puesta en el canal de salida de Frida, en mi cuerpo, que se abría y que, por fin, la dejaba salir. El último pujo fue lo más bonito: sentí perfectamente como todo su cuerpecito resbalaba y finalmente salía. Y entonces, cumpliendo lo que hacía tiempo había soñado, la cogí y me la puse encima “Ya la tengo aquí”.

Al cabo de muy poco rato expulsé la placenta y me pude estirar encima de unas almohadas que me prepararon. Y entonces me puse a temblar como una hoja. No lo podía parar ni controlar, mi cuerpo necesitaba deshacerse de todo el excedente de energía que el parto había movido.

En no mucho más rato decidí que quería ir a estirarme a la cama y, alucinante!, subí las escaleras para ir a la habitación (impensable hacerlo después del parto de Max).

Frida pesó 4 kilos 200 (y yo sin ni un rasguño). Todo fue muy rápido y fue muy natural, silencioso, respetuoso… tal y como lo había imaginado.

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Gracias a Blanca, que me acompañó tan dulcemente, pude tener mi propio parto.

Gracias a Borja, que siempre me apoya en mis decisiones, hice realidad el sueño de ver nacer mi hija en casa.

Mireia Bosch, madre de Max y Frida, autora del blog Mama Mireia y socia usuaria de COS Cooperativa de Salut