8 Febrero 2015

Para Gal Keinan

Libertad para elegir

La mayoría de nosotros, al notar una incomodidad o incluso un dolor, tendemos a buscar una solución rápida, cada uno a su estilo. A esta actitud de buscar un resultado sin considerar cómo conseguirlo, tan común y cotidiana, F. M. Alexander la llamó “ir directamente a por un fin”. Cualquier cosa podría ser un “fin”- levantarse del sofá, leer un cuento, llevar a un bebé en brazos, preparar la comida, recibir una llamada. La vida está llena de “fines”, desde los más pequeños y prácticos hasta los más complejos.

Ahora bien, querer conseguir un “fin” no es un problema. El énfasis de Alexander lo ponía sobre cómo vamos a conseguirlo, qué medios podemos usar para no encogernos innecesariamente, para no sobrecargarnos, para no pagar sin darnos cuenta, con nuestra salud.

  • Cuestión de hábitos

¿Qué tiene que ver nuestra salud con nuestra manera de movernos? ¿Con nuestra manera de pensar, de sentir, de dirigir la atención? ¿Qué tiene que ver nuestra salud con nuestra forma de estar de pie? ¿De hablar? ¿De reposar? ¿De respirar?

Desde el punto de vista de la Técnica de Alexander nuestra salud va cogida de la mano de nuestros hábitos psicofísicos.

Muchos de nuestros dolores, o simplemente la sensación de incomodidad, tienen que ver con nuestra manera habitual de movernos. Nuestros hábitos, buenos para ahorrarnos tiempo, son en gran parte inconscientes y automáticos, y están muy relacionados con nuestro sentido del “yo”; por lo tanto, no es fácil cambiarlos.
Por el hecho de ser repetidos, nuestra percepción sensorial los registra como “correctos”, y cualquier otro intento de hacerlos de otra manera será percibido como “erróneo” o “raro”. Por ejemplo, quien haya probado cruzar los brazos, y después cruzarlos al revés confirmaría que a la primera lo ha hecho como siempre y se encontraba cómodo, y a la segunda casi que había de pensar cómo hacerlo, y además se encontraba extraño.

El hecho de tener hábitos no es un problema, la cuestión es tomar consciencia de ellos para poder decidir si nos convienen; y si no nos convienen, parar de hacerlos, y elegir otra opción.
Para poder parar de hacerlos, necesitamos tomarnos un poquito de tiempo antes de reaccionar, antes de que la reacción habitual se ponga en marcha. Una breve pausa puede durar menos de un segundo y es suficiente para proporcionarnos la libertad para elegir. De esta manera podemos cambiar la incomodidad desde la raíz.

Psicofísicamente, lo que pasa cuando cambiamos la manera habitual de movernos, es que encontramos cada vez más soporte interno. Las capas más superficiales dejan de hacer el trabajo de mantenernos derechos, y por lo tanto están más libres para facilitarnos el movimiento. Cuanto más dejamos de interferir con nuestro soporte interno, más notable es la sensación de poco esfuerzo, de ligereza, de naturalidad, de comodidad.

  • El maestro en casa

No es que todos los bebés nazcan en un estado perfecto y se muevan de manera totalmente coordinada, pero sin duda, en comparación con nosotros, ellos tienen una manera más natural de moverse, que respeta la estructura de su organismo.

Tener un bebé en casa, aparte de ser una alegría y un proceso constante de aprendizaje, nos puede ayudar a observar y a apreciar la capacidad inherente que tenemos de movernos libremente, de manera que incluye la totalidad del cuerpo. Además, nos puede ayudar a ver cómo podemos relacionarnos con la gravedad, sin interferir.

Todos sabemos que un bebé recién nacido tarda un tiempo hasta que puede mantener el peso de su cabeza por su cuenta. A medida que va creciendo, va desarrollando su musculatura en función de la posición y el peso de su cabeza. Los ojos que quieren mirar y la boca que quiere explorar guían la cabeza en la dirección que más le interesa, y todo él (o toda ella) se organiza para hacer el esfuerzo necesario para moverse.

Los brazos y las piernas le ayudan a avanzar, a acercar cositas a su boca, y le sirven para extender y activar su organismo. Cuando le tocamos, podemos notar su tono muscular – está activado, vivo; es fuerte y elástico, tenso y estable a la vez; un poco como un muelle.

Su voz sale fuerte y clara, no le falta energía, ni alegría cuando no tiene ninguna molestia; y si miramos su respiración veremos que todo se mueve – por detrás, por los lados, por delante – no tiene nada que ver con una respiración “abdominal”, diafragmática”, o “torácica”; no existe tal separación.

No está manteniendo una postura en absoluto, no controla cada músculo o cada movimiento que hace. Se deja guiar por el soporte que recibe cuando apoya el peso de sus pies, de sus rodillas, de sus manos, y hasta de su mirada, en contacto con el exterior.

  • No interferir

Cuando estamos realmente escuchando, cuando realmente observamos nuestra manera de reaccionar en la vida, podemos notar fácilmente las ganas que tenemos de hacer, de ayudar, de intervenir, de solucionar, de opinar, de “ir directamente por un fin”.

Creo que es interesante observar nuestras reacciones no solo a nivel emocional o mental sino también a nivel físico. Por ejemplo, estoy sentada y jugando con mi hija. Ella todavía no puede mantenerse derecha por sí sola, pero en este momento puede hacerlo porque me está cogiendo las manos. Puedo percibir cómo ella pierde y encuentra su equilibrio. Noto cómo reacciono cuando parece que está a punto de caerse – hago más fuerza con los brazos y hago un gesto exagerado cuando intento que no caiga.

Al observar estas cosas, en vez de intentar arreglarlas directamente, elijo no hacer más esfuerzo de lo que ya estoy haciendo, y seguir observando. Empiezo a darme cuenta de que el equilibrio no es un lugar fijo, sino un movimiento constante. Cuando más escucho el peso que me transmite nuestro contacto, más puedo dejar de intentar equilibrar a mi hija. Por unos momentos estamos equilibrándonos las dos, juntas.

El contacto, la escucha, la observación, son un proceso constante de aprendizaje, tanto para nosotros como para nuestros niños. Sabemos que ellos aprenden mucho más de nuestra manera de ser que de nuestras palabras; y nuestra manera de ser es más que una suma de partos, es un proceso psicofísico, reflejado en nuestra manera de equilibrarnos de pie y de movernos.

Gal Keinan, Articulo publicado en la revista “Viure en familia” (número 54)